Artículo original publicado en Carlos Alcorta

 

Epoemas-esencialesETHERIDGE KNIGHT. POEMAS ESENCIALES. TRADUCCIÓN DE JUAN JOSÉ VÉLEZ OTERO. VALPARAÍSO EDICIONES

Con los antecedentes que el lector lee en el prólogo a esta antología —«su vida fue agitada, marcada siempre por su adicción a las drogas, la prisión por incidentales actos delictivos, la desesperación, los años difíciles, la actividad literaria y la pobreza»— uno puede pensar que se va a encontrar con unos versos plagados de verborrea con poemas deslabazados, seguramente con gran intuición poética, pero sin contención ni rigor, con imágenes surrealistas y asociaciones semánticas inusitadas fruto de raptos de inspiración, pero sin el tamiz del oficio poético (Antonio Machado hablaba de aquellos poetas para «quienes la lírica, al prescindir de toda estructura lógica sería el producto de los estados semicomatosos del sueño»), pero, para nuestra sorpresa, lo que nos encontramos en los poemas de Etheridge Knight es todo lo contrario, hay mucho trabajo de pulimentación en estos poemas, mucho conocimiento del oficio, mucho respeto por el lenguaje y una forma de decir directa que busca la palabra imprescindible, sin necesidad de edulcorar la experiencia con palabrería.

Etheridge Knight nació en Corinth (Mississippi) en 1931. Participó en la guerra de Corea siendo poco más que un niño, entre 1947 y 1951, y después de esa experiencia tan traumática no levantó cabeza, su vida fue un constante vagabundeo que finalizó con su ingreso en la cárcel acusado de robo a mano armada. Estamos en 1960. Durante el largo periodo de encarcelamiento —ocho años— comenzó a escribir poesía (de hecho, su primer libro se tituló Poemas desde la prisión, y data de 1968). La poesía fue para el autor una auténtica tabla de salvación, pues gracias a ella, como veremos, logró encauzar su vida, también en el aspecto profesional (entre otros menesteres, impartió clases en diferentes universidades norteamericanas). Era un hombre, en palabras de la novelista Mary Karr, que le conoció siendo ella una jovencita con aspiraciones de convertirse en poeta, «grandote y negro, con bigote ralo y mosca en la barbilla. Tenía una mandíbula abultada e irregular con parches de piel blanca y borde rosados, desiguales y en forma de lágrima, como si un ácido le hubiera comido el color. Se refería a la poesía como arte oral (estábamos en la era pre-slam)». Más adelante explica que «Dos noches por semana Etheridge celebraba un taller privado de poesía en su casa […] Aquel lugar era la viva representación del equilibrio. El tejado se hundía. Una cañería estaba suelta. La puerta mosquitera pendía de un único gozne. Dentro, los suelos cedían, como paralizados en pleno terremoto. Si hubiéramos añadido un par de cipreses, un columpio en el porche y un sabueso, el cuadro podría haberse cogido con unas pinzas y emplearse como decorado para 0».

En cuanto a Poemas esenciales, la antología que nos presenta su traductor, Juan José Vélez Otero, con su buen hacer habitual, provienen del volumen «The Essential Etheridge Knight, aparecido en 1986 en University of Pittsburgh Press, cinco años antes de morir a consecuencia del […] cáncer de pulmón» y recoge una muestra, no demasiado extensa, es verdad, de todos sus libros, ocho en total, aunque en la disposición de los poemas no se nos ofrezca dato alguno que permita ubicarlos en sus respectivos títulos ni en un orden cronológico. El inconveniente que puede suponer esta peculiaridad para apreciar la evolución poética de su autor en toda su complejidad, es decir, con los saltos hacia delante y hacia atrás propios de cualquier creador, se mitiga con la posibilidad que ofrece tal disposición de leer el volumen como un libro autónomo, no como una recopilación, sobre todo, teniendo en cuenta que este es el primer libro del autor que se publica en nuestro idioma. La temática de su poesía, ha escrito Vélez Otero, se centra en reivindicar el origen racial («Los Poetas Negros deben vivir, no saltar / desde los puentes de acero (como hacen los chicos blancos) […] Porque los Poetas Negros pertenecen a la Población Negra») «y critican la injusticia contra los negros («el buen Capellán / (santificado por Dios y por el Congreso) decía, / con mucho ingenio, que matar a hombres de otro color / no era del todo un pecado») y el asilamiento étnico en la sociedad americana («Los hipócritas derraman lágrimas / como brillantes pieles de serpiente»). Su poesía nos dejó un testamento a favor del poder de la libertad, o al menos del derecho a imaginarla…». Pero paralelamente, otros temas como el metapoético, algo que se nos antoja obligado, siendo como fue la poesía una tabla de salvación, y el amoroso, están presentes, a veces en el mismo poema, como sucede en «Canción para Belly»: «… y este poema / este poema / este poema es un regalo para ti. / Este poema es una canción que yo canto para ti / desde el fondo / del mar / que hay en mi vientre // Este poema es una canción sobre SENTIMIENTOS / sobre lo Íntimo del sentimiento / sobre la Dureza del sentimiento / y la Delicadeza del sentimiento». Por lo demás, como en buena parte de la poesía norteamericana actual, el lenguaje es minuciosamente descriptivo, con abundantes símiles y escasas metáforas, en un rango confesional de gran altura, como demuestra el poema «Poema para mí mismo (o blues para un muchacho negro de Misisipi)». La biografía del poeta condiciona, en este caso quizá más que en ningún otro, la escritura, y Knight, en su afán por denunciar la injusticia o la violencia que se ejerce contar los desfavorecidos, no parece mostrarse a disgusto, antes al contrario, en su calidad de protagonista.

Etheridge Knight murió relativamente joven, a los sesenta años, después de una vida agitada en la que, como hemos visto, el consumo de drogas —para financiar su adicción comenzó a delinquir— era habitual (el poema titulado «Otro poema para mí (Después de recuperarse de una sobredosis)» lo describe con toda crudeza), aunque, como él mismo dejó escrito «Morí en Corea de una herida de metralla y los estupefacientes me resucitaron. Morí en 1960, cuando me mandaron a la cárcel y la poesía me salvó la vida».

‘Poemas esenciales’, de Etheridge Knight

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